martes, 30 de agosto de 2011

Horizonte




No podrás perderme Dios 
está rojo y de mi lado
por haberme enamorado
simplemente

no podrás perderme
clavado como estoy
en la espalda de tu luna
y en el pecho de tu estrella

la espuela de la primavera
dió en el marrón de las hojas
que el viento estampa
contra el suelo de los sueños

y este sobrevivir
haciendo nido y paloma,
testigo en tu ventana
silenciosa luz de madrugada.

El lápiz de la soledad
me ha trazado tu camino.
Yo soy tu contorno, yo
que fui hasta ayer tu fantasía,

el horizonte que rodea
a lo lejos tu figura
donde late
compañera tu sonrisa

es la luz de los relámpagos
iluminando la carne de los campos
a la distancia el cielo de tus labios aplasta
las geografías del mundo,

la planta de tus pies
llevo marcadas en los hombros.
No podrás perderme compañera
de besos anchos y largas caricias.

no importa donde vayas,
en la línea del horizonte
  mis labios delgados
   esperan tu sonrisa.

martes, 23 de agosto de 2011

Alas para el minotauro


Como metáfora del amor o el mero caminar, el juego del rompecabezas no busca jugar con elementos destinados a encontrarse sino con figuras y paisajes imposibles, fragmentados. De esta manera el juego del rompecabezas es para los niños lo que andar en bicicleta para los viejos, un esfuerzo desventurado donde hay que pedalear con el ceño fruncido mas de lo esperado y donde ningún camino es arbolado o seguro.
Los acertijos y juegos de palabras pueden considerarse entre los primeros. Desde los tiempos bíblicos hay personas esmeradas en oscurecer mensajes. En la mitología griega se recuerda que Sansón debía resolver acertijos en cuestiones de vida o muerte y excedían el que si me tiño el pelo de rubio o me dejo el flequillo.
Se cuenta que Homero murió de frustración al no ser capaz de resolver un acertijo que le propusieron unos pescadores: "Lo que hemos adquirido, lo pasamos; lo que no queríamos, lo tenemos". La respuesta eran las Pulgas. Homero, primer poeta épico griego y por cuya figura siete ciudades se disputaron el honor de su patria; supuesto ciego con una inteligencia de los mil dioses, escritor de la Odisea y cuyo personaje, Ulises, debe por poco descifrar mensajes en la entrepiernas de una sirena para regresar a casa, cayó en desgracia por este simple rompecabezas.
Arquímedes diseñó un rompecabezas geométrico en el siglo III a.C. Su Loculus consistía en catorce piezas diferentes encajadas como un puzzle en una cajita cuadrada con las que podía formarse un número indefinido de figuras. Pero no había que romperse mucho la cabeza para dar con escenas sexuales donde Arquímedes aparecía desnudo y recostado junto a un puñado de ovejas con la lana teñida color borra vino.
Uno de los rompecabezas más notables lo publicó Henry Dudeney en 1902 y consiste en cortar un triángulo equilátero en cuatro partes que reordenadas formen un cuadrado. También Aristóteles y otros sabios griegos estudiaron parcialmente los rompecabezas lógicos o paradojas en el siglo IV a.C. Y en el siglo XIX, el matemático y escritor Charles Dodgson popularizó muchos juegos de lógica en “Un relato enmarañado y Problemas de almohada”. Dodgson no dormía, y a juzgar por los diarios que dejó su mujer, su locura comenzó por complicar lo más simple en el mundo que es el amor. Los manuscritos también narran que una mañana halló a su marido sentado en el inodoro destripando un pájaro para arrancarle un secreto escrito entre las nubes.
Interrogar por el giro de lo simple a lo complejo, de la unión a la dispersión tiene respuesta, y es que el hombre necesita hacer del mundo un rompecabezas, romper para construir, separar lo dado, natural, para centralizar la energía en la disposición humana y cultural al caos, el retorno al principio, al cosmos, en que todo era nada.
La capacidad de fragmentar un sistema, un lenguaje, pertenece a Dios. El poder del hombre sobre el resto de los hombres también se ejerce a través de su dominio y la clave de un saber hacer particular, de un tener la llave y el signo que conduce al sentido, a la figura. Vean sino el gesto de satisfacción y altura de quien coloca aquella pieza que no se  sabe dónde va. La capacidad de intelección de quien lleva orden y claridad a lo que se considera un enredo también es parte del juego del rompecabezas. Sin razonamiento no existe posibilidad de cifrado.
Dédalo, en la mitología griega, el arquitecto que diseñó para el rey Minos de Creta el laberinto en el que fue aprisionado el Minotauro, un monstruo devorador de hombres mitad hombre y mitad toro, reveló el secreto del laberinto sólo a Ariadna, hija de Minos, quien ayudó a su amante el prudente Teseo a matar al Minotauro y escapar. Encolerizado por la fuga, Minos encarceló a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. Aunque los prisioneros no podían encontrar la salida, Dédalo fabricó alas de cera para que ambos pudieran salir volando del laberinto.
De la misma manera que no se contesta a una pregunta con otra pregunta, una regla fundamental es que no se puede contestar a un rompecabezas apelando a otro rompecabezas, a un problema con otro problema. Se ve también en el caso de Dédalo, que para las dificultades antojadizas inventadas por algunos hombres hay quien antes de suicidarse, volverse loco o romperse la cabeza, se hecha a volar.

                                                                                                                                                          2006.

martes, 16 de agosto de 2011

Juego


Ernesto recuerda el encargo del escrito para la sección de los martes y se tira en la cama a escuchar Mozart o Rossini, Ernesto Williams Centellas, quizá Sting, ¿Queen?, y elucubra idealidades en torno a las teclas del piano de sus pies, el contrabajo de su culo, el agudo y grillado violín de su pelo. Es domingo y no ha escrito una palabra. La mañana y la tarde se escaparon entre cordero a la parrilla, vino con amigos y ensalada de frutas. La orquesta repetida del fin de semana. La guitarra descansa estirada en la silla panza arriba. Nunca una mina a la parrilla, piensa, la cama está encendida pero el amor no entiende de chinchulines si ella está aquí con su vestido de ausencia. 
Son las cinco y cuarto de la tarde y duda entre ir a votar o darle de comer a las gallinas que le dejó de regalo María Luisa antes de irse por siempre a morir a España, retirar los huevos para que no se hagan pollos, ¿en que estación florece el naranjal de su patio si es invierno y cuando llegó a la casa ya colgaban racimos de testículos naranjas como si se tratara de uvas? Primero la flor y luego el fruto, dijo María Luisa. ¿O sea que ya pasó el tiempo de la flor? ¿Cuándo vendrán las nueces del nogal, los higos y duraznos, la parra que da sombra al patio? Piensa en la nota para el martes y en la música de su hermano, Trilce, evocación de domingo en pez o a caballo,  en que este 27 de agosto toca con Palo Pandolfo, cómo extraño a este guachito y siente, que debe irse al río con sus perros. ¿Hasta las aguas de la soledad tiene que ir a bucear palabras? Recuerda un ensayo escrito en el 2006 acerca del juego y de donde podría robar algo, si es que escribir se trata de jugar a encontrar palabras para la calesita de ideas que giran en dirección contraria al reloj el problema, siempre es el tiempo si se piensa que lo que no se escribe hoy no podrá ser escrito mañana; y piensa en dar vueltas dentro de casa en avión, autos y elefantes creo, las calesitas también tienen jirafas. El juego, el juego...   

Ernesto juega a recordar, se hace de noche, y Ernesto no ha escrito nada.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Fantasmas



Mariposas azules de un infierno celestial
mujercitas que en la noche no te dejan descansar
porqué vuelan coloridas
de la plaza al arenal
donde se incendia el invierno,
donde el mar no tiene sal.

Son de ciruelas sus senos maduros en soledad
y reverdecen lo marchito,
estos ángeles perdidos
bajan del sol descalzas a calentar el patio
y levantar castillos

porque montan grillos que no lloran, ríen
como toros a caballo
gritan, gimen como gatos
nadan, dulces como patos
se sacuden y desperezan como perros
y se curvan
 como un junco por el viento.

Esta noche temblará la luna
Y palpitará mi estrella rodando en una cuna
igual a una paloma blanca o un caracol en el mar
el sexo de las mariposas azules
es un planeta más blando que el pan.

jueves, 28 de julio de 2011

Tu cabeza

Cuando el abuelo nos invitaba a almorzar y degollaba las gallinas nos quitaba el hambre a todos. El animal corría a oscuras bajo el sol y golpeaba contra las paredes y los árboles del patio, daba algunas vueltas alrededor de la bomba de agua escupiendo sangre como una fuente, y caía rendido.
Recuerdo ésto porque es lo que debería haber hecho contigo la última vez que viniste de visita. Aprovechar el eclipse de luna para ocultar tu cuerpo en el galponcito del fondo luego de cerrucharte el cuello con la pala de lata que dejó abandonada el viejo malparido que me cobra el alquiler, y esperar que cante el gallo de cresta más roja para colgarla de la rama mas fecunda del ciruelo. Una vez que la última gota de tu sangre haya dado de beber a su raíz, en la pequeña bandeja de bronce traída de la India que cuelga sobre el marco de la entrada principal de mi casa te peinaré con un caracol traído de Cabo Polonio y llevaré a la cama, hay que darle de tomar vino a tu cabeza hasta barrer con la última uva de la tierra mientras leemos poemas de Pizarnik hasta marear el amanecer. Repetiremos hasta aprender de memoria aquella que dice en su última estrofa: “... te remuerden los días, te culpan las noches, te duele la vida tanto tanto, desesperada, ¿a dónde vas?, desesperada ¡nada más!”. Creo se llama “La enamorada” y está en la página cincuenta y tres de su obra poética completa, en una edición a cargo de Ana Becciu. ¿Becciu querrá decir “beso” en Maorí? El Maorí se habla en Tahití, donde Gauguín  escribió sobre la puerta de su casa “Tefarurú”, esto es, “Aquí se hace el amor”. Tahití será el lugar donde nos iremos a vivir tu cabeza y yo. Pasaremos las tardes de mar adornados con collares de flores bordadas, comeremos cangrejos y de postre, melón rosado. También leeremos aquella poesía que reza: “Hay que salvar al viento. Los pájaros queman al viento en los cabellos de la mujer solitaria que regresa de la naturaleza y teje tormentos. Hay que salvar al viento.” ¿De tus cabellos? Hermosa mujer de lengua larga y fuego lento, mientras yo toque guitarra, reposada tu cabeza en la almohada susurrará mis alegres tormentos, aquellos de lobo en la cresta de la noche que hasta ayer fue sólo un sueño. Amo tu cabeza. Mi fascinación por ti es como la de comer pescado pero al revés: lo que menos me interesa es tu cuerpo. Por lo que me comeré tu cabeza y donaré lo demás a la carnicería “El uruguayo” que está a la vuelta de la esquina. Hay que repartir el pan. Soñaremos juntos, conversaremos dormidos hasta entrada la noche junto al esqueleto de las palabras que tengo vedadas. Dado que me considero un tipo vergonzoso, te sacaré los ojos delicadamente con una tapita de licor de dulce de leche para que no puedas verme desnudo por la mañana y me los comeré. ¿Ojos de pescado con dulce de leche? Si. ¿Acaso nunca han visto a una piraña hincarle el diente a una sirena? Despertaremos para besarnos cuando despunte el rocío,  iré al trabajo. De regreso... herviré tu cabeza en el arroz que doy de comer a los perros y en la segunda noche colocaré tu calavera a los pies del jazmín para que en su interior canten los grillos. Al tercer día resucitarás como Jesús a quien todos creyeron muerto y te dejaré dormida en la puerta de tu casa. Nunca recordarás lo ocurrido.      

lunes, 25 de julio de 2011

El niño y el faro (vuelta de las vacaciones)


      Existe un faro en algún punto del extenso territorio al borde del mar que es necesario encontrar. Sentarse a descansar en la noche bajo su luz como se descansa bajo la sombra de un árbol, respirar una nube al pasar, el cuero agridulce de algún lobo marino, oir el sonido tormentoso que guardan los caracoles en su esqueleto bajo la piel azulada del mar. Al cerrar los ojos, el quebrar de las olas se acerca al sonido del viento en las copas del monte.
      Se trata de un faro nombrado por una niña. Esto lo convierte en un objeto lejano, probablemente inexistente, no porque mienta, es sabido que los niños y los locos no mienten, sino porque ha crecido y sólo ella puede verlo como entonces. Se trata de un ejercicio similar al de recorrer la casa en la que uno pasó su vida con los ojos vendados sin chocarse un objeto quince años después de haberla abandonado, o el juego de invertir la perspectiva del suelo con un espejo en las manos y pasearse por las salas con la certidumbre de no caer al vacío al traspasar los marcos de las puertas.
      Luego de la lluvia de anoche salimos con Sebastián a  fumar, recorrer y recordar el pueblo hasta llegar al comienzo de las sombras que cierran su escenario al borde del Cañadón de Mendeguía. Deberían ser las dos de la mañana. Adivinamos antes de llegar a la esquina del jardín de infantes nº 1 que estábamos donde me dejaban cada mañana. El lugar  se había empequeñecido; el tiempo, antes que inflar las vivencias y dilatar los espacios, parece reducirlos para que puedan entrar en la mirada. Comenté a Sebastián que alguna vez debería entrar y sentarme a oír el remolino de gritos y alegrías alrededor del arenero que hacen de este lugar un mundo de niños al interior de un pueblo de grandes.
      Doblamos la esquina y vimos saltar desde la combi gris a  un niño de pelo lacio y rodillas angulosas con su bolsita colgando del hombro. Por el cuerpo menudo y sin cuello sentado al volante y la sonrisa morocha de perfil, era seguro manejaba Carrizo. Entró a brincos de calandria. No fue necesario subir las escaleras y saltar con la vista al otro lado de la puerta de vidrio para recordar el piso naranja donde se formaba la ronda para el “lobo, ¿estás?” siempre detrás del piano, o la mesa para la merienda servida en vasos de plástico multicolores con mate cocido con leche y el pan huntado con algo semejante a témpera. Apenas me acerqué, la puerta cedió con la levedad de una hoja.
      El pasillo de entrada olía a algarrobo y mariposas de papel. Desde algún rincón se oía “El rey compás” y por las ventanas entraba un viento que peinaba las cortinas. La luna descansaba en el piso como un charco de leche. Una luz más allá de la inclinación política que sólo podría explicar valiéndome del sentimiento de un niño me  condujo hacia la izquierda donde estaban las salas de  tres, cuatro, y cinco al final del pasillo. Recordé que aquí, en la sala de Dirección, alguna vez me cambiaron la ropa luego de haberme orinado y más allá apreté la cara contra el sexo de una maestra entre llantos. Las mesas del interior de las salas me deberían llegar a las rodillas y se encontraban rodeadas de objetos de colores tirados en el piso junto a algunos libros caídos de la biblioteca. En cada una de ellas estaba la cama tendida para la siesta donde hoy apenas podría descansar una pierna. No faltaban diez pasos para llegar a la sala de cinco donde aprendí que la letra “o” se representaba dibujando una mate con bombilla, cuando ví al niño que había bajado de la combi parado en la puerta de la sala con las manos en la cintura. Sonrió y fue como hundirse en un espejo. Tenía el pelo de la época en que iba a “lo de Pelusa” y ordenaba “lo quiero como Carlitos Balá”; con los años llegaría el “cortiro y con raya”. Extendió su mano como se ofrece un pan. En el centro de la sala de cinco donde faltaba el techo había un faro con su mar, su viento y sus piedras. Nos sentamos en la noche bajo su luz como se descansa bajo la sombra de un árbol a respirar una nube al pasar junto al cuero agridulce de los lobos marinos, y oir el sonido tormentoso que guardan los caracoles en su esqueleto bajo la piel azulada del mar. Cerramos los ojos para escuchar en el quebrar de las olas el sonido del viento en las copas del monte, y conversamos acerca de la única fotografía en Necochea en la que estamos sentados a upa de papá unos veinticinco años atrás.

viernes, 15 de julio de 2011

Hablando solo

 
                                                                   "Deja no me lo repitas mas, nosotros y ellos vos y yo,      que nadie se ponga en mi lugar, que nadie me mida el corazón... se pasa el año se pasa volando, ya no hay mas nadie que pueda alcanzarnos, y yo mirando sentado en el campo, como se pasa el año volando."
Fernando Cabrera.

Seis meses dándole cuerda a las alas de la espalda buscando alcanzar su mariposa. Ahora que lo pensaba, detenerse en Plaza Rocha no estaba nada mal si consideraba que el invierno igualaba con su gris los espacios verdes de la ciudad. Lo que para Mariana había sido el simple retraso de una cita, significaba para José la postergación de la alegría. Rodeó la manzana  de la facultad de Bellas Artes. Después de la primer esquina, antes de llegar a la fotocopiadora cruzaría para no sentir el olor a tinta impresa en el papel, árboles en vano, carne de apuntes leídos por la mitad. Sintió asco a pesar del ardor en las manos y la sonrisa por encontrarla. Habían sido las dos horas más largas del día. Si la vida estaría echa de momentos semejantes sería tan larga…
Aquella mañana fue al trabajo a las ocho y retiró una hora antes para ir a dar la última clase en la facultad; midió con los alumnos cada palabra para no caer en la imperfecta fatalidad del final de cursada que se asomaba ronca y salada con su trampa sin dientes, la colección de pequeñas muertes que amanecen cada día; definitivamente, los chicos del barrio toba participaban más al interior del aula allá en el barrio; una hora que devolvería el día siguiente porque hay que educar a los compañeros y no malacostumbrarse a la inclinación del hombre a socializarse, a mimetizarse con la burda naturaleza de las cosas.
No se olvidaba además de su trabajo en el sucio locutorio cuando era joven y menos feliz, hacía el amor en una banqueta luego de bajar la persiana, lo único que había aprendido de su patrón era a guardar los billetes de dos delante del de cinco, el de cinco del de diez y así , pero pocas veces un cien y lo más importante, carita tras carita. Los próceres se apoyaban el pecho en la espalda, susurraban cosas al oído, comentarios de la patria que no habían podido conseguir para los jóvenes; de su trabajo de parrillero, de separar chatarra con sus compañeros de Mansión Obrera bajo el sol picante del verano a orillas del río por cinco pesos la hora, de cuando se levantaba al día siguiente con la sensación de fiebre por los músculos entumecidos para retornar a romper y cargar hierros entre gitanos que hablaban hidish y eructaban a cada bocado, había que pelearse para que aflojen un sanguche al mediodía si se querían que tuviese jamón y queso. Y todo por no caer en Gobernación donde lo invitaba a trabajar su hermano, ¿pero porqué no venís?, tres horas menos, no trabajás los sábados y cobrás el doble. Miraría entonces los reclamos de quienes hoy eran sus compañeros por la ventana o siquiera se animaría a asomarse para ver las palomas de la plaza, se reiría interiormente de sí mismo, de su cerrado porvenir. Siempre lo asustó la estabilidad, la seguridad, la falta de riesgos, disolvería cada mañana sus pensamientos en el azucar del café, revolvería contradicciones, se ajustaría las poesías con el nudo de la corbata, podría llenarse de objetos mediante cómodas cuotas, alquilar algo más higiénico y la libertad... ¿y la libertad? No podía escribirse ni volar con la pluma del dinero, no podría se tan pobre. Siquiera tenía hijos que pudieran justificarlo. ¿Y si tenía uno? ¿Con quién? Respiró el aire sucio.
Saldría de la facultad seis menos veinte, se enteraría que le pagarían con tres meses de atraso y en negro, entraría a las seis a la asamblea del Bachillerato Bartolina Sissa y se retiraría nueve menos cinco con la excusa de que llegó mamá y hay que tomar la teta cada tres meses. Mínimo. Cruzaría  sin necesidad hasta la plazoleta para detenerse a conversar con los artesanos acerca de algún objeto de alambre que no compraría, ya en la esquina escucharía algún violín aburrido dirigido por una partitura que apretaba animalitos negros renglón a renglón. Por un espejismo apresurado, le pareció que Mariana leía sentada junto a la pared. En el retrovisor de un automóvil vio las tres horas de sueño de la noche anterior por escribirle una carta de un tirón sentimental que lo había despabilado y ahora sí, al levantar la vista adivinó su silueta imposible acercándose decididamente con su agitar de brazos hacia atrás, el aleteo de sirena repetía aquel fines de enero cuando la vio alejarse por la playa en dirección al faro hasta volverse roca o caracol. La simplicidad aireada del saludo y la anulación del tiempo en el abrazo, el aroma a madera por sobre el hombro; recordó el pino al que trepaba para observar el pueblo una vez finalizado el campo, los caballos sin montura y los pájaros que cambiaban de cielo.
- El libro lo tengo en el auto, hay que cruzar la plaza-. Sin duda lo más importante era la carta. El libro no hablaba de ellos.
-… Ah, yo tengo el mío acá atrás.
- Pero yo estoy con él-. Señaló al perro que movía la cola. El Negro Sultán sabe, pensó.
Pasaron delante del mural de Mariano Ferreira, sus ojos de ciervo, su muerte viva. Se alejaron y sintió que fundaba una vereda ella, un perro, él. Era tan cómodo ser feliz. Se distrajo en una hamaca, el tobogán, el banco donde diez años atrás se sentaba con amigos a matar cervezas. Era menos petisa de lo que había creído hasta entonces, alguna vez había escrito: “si supieras petisa que se me juega el futuro entre lluvias y tormentos embarazados de sol por imaginar  un encuentro, y que en cada esquina los soldados que prestan armas a tu aliento fusilan a mis perros que lamen la corteza de los sauces sedientos de una sombra donde bañarse con las hojas que vuelan hacia el nido de tu abrigo... tu figura se ha caído por siempre de la geometría planetaria que curvó las rutas hirvientes de los campos y me llevaron a tropezar con vos orillando fines de enero, hasta que decidiste trazar esta línea infinita en la comisura del mas rojo silencio. Si te hubiera buscado entonces, quizá hoy nuestro amor estaría consumado. ¡Cómo cuesta petisa lo mas simple que es animarse al amor descalzo que te invito a caminar sin mas deseo que haberte acompañado! ... ya la estrella de mar rodó buscando la luna que cuelga debajo tu espalda. Lo que para ti es olvido, para mi es recuerdo, aquella tarde sin fondo donde se quiebra el ala nacida del ombligo del viento.”
No era petisa. ¿Habría crecido en estos seis meses desde que se habían visto por última vez? ¿Cómo había podido equivocarse así? Debía volver sobre el texto, cambiar el adjetivo. Frescura. Su frente en mi boca, pensó. Llegaron al auto, sacó la carta recubierta de libro. ¿Cuándo una carta no es ridícula? Cuando se rompe, cuando no habla de uno, cuando no se lee después de escrita. Abrió el libro.  Le pareció que el rostro indio y ajado de Hermann Hesse estaba al borde del insulto. Lo cerró a tiempo. Recordó la dedicatoria en la primera página de Summa Literaria: “Porque sentía que regalándote un libro te estrechaba las manos”. Confesó la existencia de la carta.
-¿Para seguir hablando solo? Le pareció agresivo, expulsivo. Seis palabras que destruían los seis meses de escribir el verano, contar su mar granito a granito, abrigar los pájaros en otoño para llegar al invierno.
- Si. Pero en silencio-. ¿Cuando uno no habla solo?
Después de acompañarla irá a visitarlo a Federico. ¿Algo nuevo? No Fede, nada. ¿Vos? Nada loqui. Retornaron a la oscuridad de la plaza. Le entraron ganas de andar en bote, darle de comer a los peces, echar el ancla.
- Bueno-, dijo Mariana,  -si tenés algo que decirme hacelo ahora-.
Los seis meses de espera se diluyeron en el papel blanco de la noche. ¿Cómo podía hacerle esa pregunta así, como si dijera “barreme la vereda”? Creyó despertarse. Frente al silencio la palabra del otro siempre es estúpida, salvo que calle y salte entonces al lugar del cobarde. La cárcel del enamorado: en el intento por explicarse se condena a sí mismo por el juicio de su propia palabra, o muere de hambre tragando sus verbos de sangre.
- No. Todo fue y está siendo dicho. Que no voy a escribirte ya correos, pero necesitaba decírtelo a los ojos, a la boca, a la nariz, no había otra forma de dar luz a la promesa.
- ¡Bien!, porque ya me tenés harta, estamos en veredas distintas.
Entendió que lo decía con evidente alegría. Miró el cartel que colgaba del árbol mas cercano buscando las palabras, luego sus pies para comprobar que no era así. Estaban en la misma vereda pero cada cual en sus zapatos. Se sintió descalzo y que subía la desnudez por los tobillos en dirección a la cien.
- Que siempre te pensé feliz, nunca con tristeza. No quise, pero es algo que te puede tocar el hombro en una esquina, al cruzar la calle, un pájaro pasa, no es algo a lo que hay que darle mas trascendencia que ésto, al encontrarse con uno un día cualquiera, al recordar…-. Volvió sobre el texto viejo que le había escrito, “... yo te fui haciendo de a pedacitos como pan dado en el pico hasta convertirte en la paloma que de lejos veo volar por amores que no son el mío. Es tu primavera ciega al otoño el que celebro a pesar de sacarnos a pasear de la mano por veredas enfrentadas y plazas enfundadas en la inevitable distancia que aumenta como una lupa tu espalda en cada ventana de la mañana, el sol juega a los dados con las estrellas para inventar una escalera que me lleve hasta la casa mas cercana del olvido a escuchar música contigo”. 
-El amor es una planta lenta a la que no es fácil echarle tijera sin lastimarse el estómago, -continuó- . Puede florecer desde lo mas terrible del hombre, un día se siente que algo raro hay en la boca y al meter los dedos se saca una flor de entre los labios, primero una, luego dos, amarillas, me ha pataleado un niño adentro durante este tiempo, ha jugado solo cabeceando la pelota de la soledad, con treinta años, ya no le regalo el tiempo a cualquiera; hay una edad en que la soledad no se negocia. Ocurre que la poesía ocupa un lugar marginal, no es tomada muy en serio y haberte escrito...
Se dio cuenta que estaba volviendo sobre las tintas de la carta. Aunque no quiso irse sus palabras lo espantaron. La levantó al abrazarla, sin querer, como queriendo por siempre, como le gustaba le hicieran cuando era hace un rato de quince años nomás, pibe. Le apretó la mano y se fue para luego arrepentirse. No se animó a mirar hacia atrás. Ella caminaría adelante, con sus perros, continuaría cruzándosela cada día, en cada esquina. No visitaría a Federico. No esta noche. Tenía una mujer en la boca. Subió al auto. Encendió dos cigarrillos, primero uno, luego el otro, y se quedó a solas con ella y el Negro Sultán. ¿Te puedo hacer una pregunta? Ella no contestó. Vos, ¿a qué viniste hoy hasta acá? Se detuvo observando el cielo de gris, escarbando en busca de una estrella.  Y arrancó.